Santiago, Chile. Diciembre 2025
Comienzo el día a las 05:45, apagando la primera alarma. Sé que volverá a sonar, siempre lo hace, pero esos minutos extra funcionan como una antesala al despertar. Un territorio entre el sueño y la vigilia, donde el cuerpo aún no decide si levantarse o seguir flotando. A veces me digo que debería levantarme de inmediato, ser más disciplinado, pero la experiencia me ha enseñado a conocerme. Alguna vez lo intenté con convicción y terminé levantándome tarde.
Esos diez minutos finales son una tregua. No sé si descanso o si solo engañan al cerebro, pero los defiendo. Mi interacción con el teléfono comienza temprano, pienso todavía medio dormido, haciendo un esfuerzo consciente por dejarlo sobre la mesa, sin revisarlo. Me obligo un poco. No siempre lo logro, hoy sí.
El primer café es un ritual. En la cocina, mientras revuelvo el vaso que me acompañará, dejo el teléfono en una esquina y retomo un podcast que había comenzado anoche. Inteligencia artificial y música. Muy interesante, me deja pensando más de lo que esperaba. Con movimientos ya automatizados, termino la preparación. Al tapar el vaso y guardar el teléfono, me percato que no recuerdo si le puse azúcar (morena, por favor; no me gusta el endulzante). Da igual, me digo, también me gusta tomarlo amargo, pienso mientras me empujo a la salida.
A las 08:30 comienza la jornada clínica. Café listo, porque si no, simplemente no funciono. El listado de pacientes en papel anuncia un recorrido por universos distintos. Cada nombre es una historia, un mundo propio. Pienso en ello como un viaje por un multiverso que exige mapa, rigor y algo de humildad. Antes de empezar, una última mirada al teléfono: mensajes acumulados, un par de notificaciones, y sí, alcanzo a abrir Instagram para ver si el último artículo que publiqué tuvo algún nuevo “me gusta”. Dejo el teléfono fuera de mi vista y llamo al primer paciente.
Una madre con su hija de once años. La niña tiene una historia escolar impecable: buenas notas, conducta destacada, ningún problema evidente… salvo que desde hace un tiempo llora en los pasillos, se aísla, camina cabizbaja con audífonos puestos y el teléfono siempre en la mano mientras “no le pasa nada”. Hace poco dijo en el colegio que no estaba segura de querer seguir viviendo, lo que bastó para que terminaran aquí.
La madre se ve preocupada, con esa mezcla de culpa y desconcierto que aparece cuando no hay una explicación clara. No ha sido una vida fácil, pero tampoco emerge un relato de abandono o violencia. Los padres trabajan mucho, se esfuerzan, están presentes como pueden. La niña no los responsabiliza, de hecho parece protegerlos. “Ellos hacen todo por mí”, dice en voz baja.
Mientras escucho, observo cómo la joven habla de sus tardes sola. Horas en su pieza, dibujando, escribiendo, viendo videos, escuchando música, chateando. El teléfono aparece como compañía constante. No como problema explícito, sino como el escenario. Me pregunto —sin apurarme a responder— si estoy frente a algo más profundo: una identidad en construcción que ocurre, frente a una pantalla. Me lo guardo. Todavía es temprano en el día, y también en el proceso.
Cuando se van, anoto algunas ideas y respiro hondo. Es media mañana y ya siento un poco ese cansancio particular que no es físico, sino mental. Miro el reloj, que me muestra la hora y los mensajes del teléfono, nada urgente. El siguiente paciente ya está esperando.
Un hombre de poco más de treinta entra con paso rápido, el teléfono aún en la mano. Habla de ansiedad, de una sensación constante de agitación, de no parar. Consulta luego de un segundo episodio de crisis de angustia en el último trimestre. Trabaja en un entorno profesional altamente demandante, siempre conectado, siempre disponible. Mientras relata su semana, el teléfono vibra dos veces sobre la mesa. No lo mira, pero tampoco lo apaga.
Describe noches cortas, despertares precoces, dificultad para concentrarse durante el dia. “Como si no me pudiera concentrar”, dice. No habla de redes sociales ni de tecnología como problema central, pero están ahí, atravesándolo todo. Correos a cualquier hora, mensajes que no esperan, proyectos con inteligencia artificial y la presión de responder rápido. Pienso en cuántas veces escucho versiones distintas del mismo relato. Su malestar no viene solo de lo que ocurre, sino de la imposibilidad de detenerse.
Al mediodía hago una pausa de almuerzo. Reviso el teléfono: noticias, correos, mensajes, algún video corto que no recuerdo haber buscado. Me doy cuenta de lo fácil que es deslizar el dedo y verse inmerso en el mundo digital, especialmente cuando entro en él sin un propósito claro. Guardo el teléfono con cierta incomodidad. Me preparo para la tarde.
La primera paciente de la tarde es una mujer joven, veintidós años. Llega sola, con una mochila liviana y una expresión entre cansancio y aburrimiento. Se sienta como si no quisiera ocupar demasiado espacio. Habla despacio, buscando palabras que no parecen convencerla.
Dice que no está triste exactamente, pero tampoco está bien. Falta de ánimo, dificultad para levantarse, perdida de interés en sus hobbies y una sensación persistente de estar quedándose atrás. Sus amigas parecen avanzar: estudian, trabajan, viajan, se enamoran. Ella no. O al menos, eso siente. “No me pasa nada grave”, aclara varias veces, como si necesitara justificar su consulta. Yo asiento en silencio. Sé que ese “nada grave” suele pesar mucho. En la confianza se pone a llorar.
Cuenta que pasa gran parte del tiempo sola. Vive con sus padres y un hermano menor, se llevan bien pero se encierra en su pieza. El teléfono aparece en el relato, casi sin intención: horas mirando redes, comparándose. Rutinas que no cumple, cuerpos que contrastan con el propio, vidas que siente inalcanzables. No habla de odio hacia sí misma, pero sí de una desesperanza y disconformidad constantes, como un ruido de fondo que no se apaga.
Mientras la escucho, Me pregunto cuánto de su malestar se juega en esa comparación silenciosa, habitual. No como causa única, sino como contexto permanente. La vida digital no le hizo daño de golpe; más bien fue moldeando expectativas, tiempos, ideales imposibles de sostener, mientras contempla su vida misma alejarse de su lado.
Habla también de noches largas, de quedarse despierta sin darse cuenta del tiempo, de estar cansada. “Estoy conectada todo el día, pero me siento sola”. La frase me deja suspendido en el tiempo. Pienso en cuántas veces he escuchado versiones distintas de esa misma historia.
Cuando se va, quedo mirando la puerta cerrarse. Respiro y anoto algunas líneas: su malestar no viene solo de lo que le falta, sino de lo que mira demasiado allá afuera. Vidas expuestas a un espejo que devuelve constantes imágenes editadas de otras vidas. Mientras escucho las historias, pienso en cómo éstas se reconfiguran en este escenario híbrido. Lo noto en ellos y, si soy honesto, también un poco en mí.
Sigo la tarde con un niño de seis años, llega con su madre. De inmediato recorre la consulta inquieto, toca la silla, se sube, se baja, gira. La madre se disculpa antes de sentarse. “no siempre fue así pero se puso muy difícil”, dice casi de inmediato, como si necesitara dejarlo claro desde el inicio.
Cuenta que fue un niño tranquilo de pequeño, sin problemas en la gestación ni el desarrollo temprano según recuerda. Activo y juguetón, pero dentro de lo esperable. Desde el colegio hace un año comenzaron a llegar los comentarios: no se queda sentado, interrumpe, se distrae con facilidad, parece no escuchar instrucciones completas y tiene reacciones fuertes frente a dificultades o frustraciones. En la última reunión apareció la palabra que pesa: sospecha de déficit atencional e hiperactividad. La madre la repite con cuidado, como si aún no le calzara del todo.
Observo al niño. Va y viene, pero no sin sentido. Se detiene un segundo ante un objeto, lo examina, lo deja. Sus movimientos son rápidos, pero no caóticos. Cuando le hablo, me mira. Poco tiempo, es cierto, pero me mira. Pienso en lo fácil que es confundir inquietud o ansiedad con hiperactividad.
La madre relata las tardes en casa. En general “está tranquilo” y no es igual que en el colegio.. Ella trabaja en casa la mayor parte del tiempo, mientras el niño se queda tranquilo viendo videos cortos de YouTube, dibujos animados uno tras otro. Mientras escucho imagino contenidos rápidos, coloridos, intensos. Dice que desde la pandemia el teléfono y la tablet se volvieron aliados El niño pasa largos ratos ahí, sin moverse, concentrado. Nada que ver con lo que ocurre en la sala de clases “donde es muy diferente”. Pienso en el contraste que niño experimenta entre el entorno escolar y su realidad diaria.
Mientras escucho a la madre, una idea se arma con cuidado. No como certeza, como hipótesis clínica. Me pregunto cuánta de esa inquietud podría relacionarse con un cerebro inteligente pero pequeño, expuesto de forma temprana a estímulos diseñados para capturar la atención sin pausa. Contenidos que no exigen esperar, tolerar frustración, sostener el foco ni regular impulsos. Quizás su cerebro olvidó como aburrirse, como esperar y como crear. En general parece ansioso, como si necesitara ser permanentemente estimulado desde afuera, le cuesta trabajo crear una actividad o un juego por sus propios medios.
Cuando se van, quedamos con más preguntas que respuestas. Pero eso no me inquieta: la clínica no siempre consiste en poner nombres rápidos, sino en abrir posibilidades de comprensión. Anoto con cuidado que no todo lo que parece déficit lo es, y que a veces el entorno —especialmente el digital— puede imitar síntomas, amplificarlos, incluso producirlos. Cierro la ficha y me quedo unos segundos en silencio. Pienso en cuántos niños están creciendo en entornos diseñados para captar su atención, no para ayudarles a desarrollarla.
La tarde avanza entre historias distintas, pero con hilos comunes. Pantallas que acompañan, que alivian, que distraen, pero también que pesan. Identidades que se miran en espejos digitales. Un bienestar que se vuelve frágil cuando depende demasiado de la validación externa, cerebros pequeños que parecen enfermos quizás sin estarlo. Tomo notas, escucho, intervengo con cuidado. Cada vez se hace más evidente que lo digital no es un tema aparte: está entrelazado con todo lo que somos.
Cierro la última consulta con el cuerpo cansado y la mente llena. De vuelta a casa el teléfono vibra en el bolsillo. No lo miro de inmediato. Pienso en el día. En cómo terminé habitando un día cargado de Ciberpsicología. No desde teorías ni diagnósticos, sino desde la vida misma. Desde niños perturbados, adolescentes que construyen su identidad en línea, adultos atrapados en la hiperconectividad, y soledades amplificadas por algoritmos.
Voy ya camino a casa, la ciudad avanza frente a mí mientras una idea se vuelve insistente: No basta con observar, no basta con comprender. Esto atraviesa la clínica, las familias, las escuelas, el trabajo, la vida humana en su totalidad. Pienso al final en mis hijas pequeñas, en su futuro.
Sí. Tengo que hacer algo al respecto.

