Una madre levanta el teléfono: “Solo una foto más”, dice mientras su hijo sopla las velas. En segundos, la imagen cruza pantallas, recibe corazones, comentarios y emojis. Lo que fue un instante íntimo ya pertenece a todos. El gesto parece inofensivo, cotidiano incluso, pero en ese clic comienza a escribirse una historia invisible: la de la infancia convertida en contenido.
Compartir la vida de los hijos en redes sociales se ha vuelto una práctica extendida. Algunos la llaman sharenting, una mezcla de las palabras inglesas share (compartir) y parenting (crianza). Lo que empezó como una manera de guardar recuerdos o mantener a la familia informada, hoy es una trama compleja de amor, identidad, validación y exposición. En la era digital, criar también implica decidir qué parte de la vida de nuestros hijos será pública, y cuál permanecerá solo en el álbum de la memoria.
El primer retrato digital
Muchos niños llegan a internet antes que a la escuela. Su primera foto puede ser una ecografía publicada en una historia de Instagram, o el video del nacimiento subido a Facebook. Desde ese momento, su huella digital empieza a crecer: nombres, rostros, lugares, cumpleaños, hábitos. Cada dato se suma a una red de información que perdurará aún más que los recuerdos mismos.
Según un estudio de la Universidad de Michigan (2023), tres de cada cuatro padres publican fotos de sus hijos menores de cinco años. En muchos casos, los niños acumulan miles de imágenes antes siquiera de poder pronunciar su nombre. Lo que no siempre se dimensiona es que esta exposición no pertenece tanto al presente, como al futuro. Cuando esos niños crezcan, deberán lidiar con que, sin decidirlo, parte de su historia fue contada por otros.
La infancia bajo la mirada pública
La exhibición familiar es hoy un proceso cultural. Las redes fomentan la visibilidad y validación inmediatas: más corazones, más comentarios. Movidos por el orgullo o su propia necesidad de aprobación, los padres encuentran en esa dinámica una vía de autoafirmación y pertenencia. Considero que hay aquí una línea demasiado difusa como para desatenderla.
Cada publicación presenta una imagen idealizada de la infancia, donde lo cotidiano se convierte en contenido y la espontaneidad se reemplaza por una puesta en escena. Lo dramático es que el afecto ya no es el fin, sino un medio para conseguir la mejor imagen.
Una madre en la consulta clínica entrevistada sobre su comportamiento parental en redes me lo describía así: “Publicaba todo, desde los dibujos hasta los berrinches. Me parecía natural. Pero un día mi hijo me dijo que no quería que subiera su foto del colegio. Ahí entendí que su vida no era solo mía.”
Privacidad, consentimiento y futuro
En ciberpsicología, el sharenting plantea una pregunta fundamental: ¿A quién pertenece la imagen de un niño?. La ley chilena de protección integral de la niñez (2022) reconoce el derecho a la privacidad y la protección de datos personales, pero la práctica va más rápido que la norma.
Los niños, por definición, no pueden dar un consentimiento informado. Dependen de la conciencia adulta para resguardar su intimidad, sin embargo, la línea entre el “yo comparto” y el “yo expongo” está difusa para la mayoría de los padres.
La neurociencia ha mostrado que la exposición pública constante modifica la manera en que los niños aprenden sobre sí mismos. Naomi Eisenberger, investigadora de la Universidad de California, ha demostrado que el rechazo o la burla en entornos digitales activa las mismas áreas cerebrales del dolor físico. En un mundo donde la identidad se construye frente a la mirada de otros, crecer siendo observado deja huellas emocionales difíciles de borrar.
Cuando el orgullo se vuelve peligroso
El orgullo es una emoción legítima, incluso necesaria. Pero el entorno digital parental convierte ese impulso en espectáculo. Las plataformas promueven la visibilidad como sinónimo de amor y éxito: mientras más se comparte, más real parece la crianza.
Este fenómeno, que los psicólogos denominamos sobreadaptación digital parental, describe el intento inconsciente de construir una versión perfecta de la familia para cumplir con códigos del ecosistema digital. El resultado no siempre es inocente: ansiedad, culpa, comparación y dependencia de la aprobación externa.
Riesgos invisibles
El sharenting abre puertas que no siempre se pueden cerrar. Fotografías con uniformes, ubicaciones, nombres o rutinas pueden ser utilizadas por terceros con fines indebidos. Existen casos de suplantación de identidad infantil y reutilización de imágenes en contextos inapropiados. Pero más allá del riesgo concreto, hay una erosión silenciosa: la pérdida de control sobre la propia historia.
La exposición constante puede moldear la manera en que los niños se perciben. Algunos crecen acostumbrados a ser observados, a actuar frente a una audiencia invisible. Otros, en cambio, desarrollan vergüenza o desconfianza hacia su imagen. En ambos casos, la autenticidad se resiente y la mirada se aleja cada vez más del interior.
Educar en la era del registro
Criar en el siglo XXI exige una nueva alfabetización: la alfabetización digital parental. No se trata solo de aprender a usar las tecnologías, sino de comprender sus consecuencias psicológicas y éticas en el tiempo.
Antes de publicar una foto, vale preguntarse:
¿Mi hijo querría que esta imagen siguiera en internet dentro de diez años?
¿Estoy protegiendo su intimidad o buscando aprobación?
¿Estoy creando un recuerdo o una exposición?
Algunas prácticas sencillas pueden marcar la diferencia: pedir consentimiento al niño cuando sea posible, evitar datos sensibles o ubicaciones, usar álbumes privados o grupos cerrados, y reservar ciertos momentos solo para la memoria familiar.
Hacia una nueva ética digital
La tecnología no es enemiga, pero exige responsabilidad. El sharenting nos invita a repensar la idea de compartir: no todo lo que se ama merece ser publicado. El desafío no está en prohibir, sino en enseñar que el valor de una experiencia no depende de su visibilidad, y que el silencio digital también puede ser una forma de amor.
Quizás la pregunta no sea si debemos o no publicar, sino por qué lo hacemos. En un mundo donde todo es contenido, elegir no compartir también es un acto de cuidado. La infancia necesita espacios donde jugar sin cámara, momentos que no se midan en reproducciones, y vivencias que vivan en la memoria, no en la nube.
¿Hacia dónde?… A mirar sin exhibir
Entre la ternura y la exposición hay una diferencia sutil: el modo en que miramos. Mirar sin exhibir es volver a mirar con presencia. Es reconocer que hay instantes que pertenecen solo a quienes los viven, no al público.
Proteger la intimidad de los hijos no significa esconderlos del mundo, sino devolverles el derecho a ser dueños de su propio relato. En última instancia, criar en la era digital es un acto de equilibrio: enseñarles a habitar la red sin perderse de experienciar lo íntimo. Porque quizás el mayor gesto de amor en tiempos hiperconectados no sea compartirlo todo, sino aprender a guardar lo que más importa.
Referencias
Eisenberger, N. I. (2023). Social pain and digital exclusion: The neural basis of online rejection. Journal of Neuroscience.
Suler, J. (2004). The Psychology of Cyberspace. Rider University.
Universidad de Michigan (2023). Parents and Digital Footprints Study.
Ley 21.430 (Chile, 2022). Protección integral de los derechos de la niñez y adolescencia.
SOCHICIP (2025). Niños, redes y desconocidos: los nuevos riesgos de la interacción digital.

