Los aportes de la Dra. Naomi Eisenberger
Enero 2026
Quienes trabajamos en el ámbito de la salud mental sabemos: algunas experiencias no dejan marcas visibles, pero duelen con una intensidad difícil de explicar. Ese mensaje que no obtiene respuesta, una exclusión silenciosa del grupo, la falta de reconocimiento o una ausencia que se vive como abandono. Durante mucho tiempo, la psicología habló de ello como “dolor emocional”, utilizando el lenguaje del dolor físico como una metáfora para explicar una experiencia que no encontraba otra mejor definición.
Sin embargo, a comienzos del siglo XXI una serie de investigaciones, lideradas por la psicóloga Dra. Naomi Eisenberger, comenzaron a revolucionar esa distinción: tal vez el rechazo no se parece al dolor físico. Tal vez es dolor, y tal vez la metáfora nunca fue tal.
La pregunta con la que quiero iniciar este análisis es simple, pero disruptiva: ¿qué ocurre en el cerebro cuando experimentamos rechazo, o nos sentimos excluidos? O también: ¿Por qué duele tanto, incluso cuando no existe una amenaza física real? Para comenzar a responder revisaremos los aportes de Eisenberger y sus colaboradores, que abrieron un nuevo tipo de diálogo entre la psicología social y la neurociencia: la neurobiología del vínculo.
El rechazo como señal de alarma
En 2003, Eisenberger y sus colaboradores publicaron un estudio que marcaría un antes y un después en la comprensión del rechazo social. Utilizando neuroimagen funcional y un sencillo juego virtual —conocido como Cyberball— observaron qué ocurría en el cerebro cuando una persona era excluida de una interacción social aparentemente trivial.
En el experimento, las personas jugaban Cyberball con otros jugadores simulados por computadoras. Inicialmente los simuladores permitían participar del juego a la persona, pero progresivamente disminuían su participación hasta dejarla totalmente excluida del juego.
Los resultados fueron contundentes. Al ser excluidos del juego y la situación social, se activaban regiones cerebrales asociadas al dolor físico, como la corteza cingulada anterior dorsal y la ínsula. No se trataba de una activación cualquiera: la intensidad de esta respuesta se correlacionaba directamente con el malestar subjetivo reportado por los participantes.
Este hallazgo obligó a replantear una idea profundamente arraigada. El cerebro no distingue de manera radical entre una amenaza al cuerpo y una amenaza al vínculo. Desde una perspectiva evolutiva, esto resulta coherente: para una especie social como la humana, quedar fuera del grupo ha significado históricamente riesgo y menor probabilidad de supervivencia. El dolor social, entonces, no sería una exageración emocional, sino una señal adaptativa. Una alarma diseñada para proteger la pertenencia e inclusión social.
El cerebro que aprende del rechazo
Años más tarde en 2012, Eisenberger amplió esta línea de investigación con una pregunta distinta: si el rechazo activa un sistema de alarma común, ¿por qué no todas las personas reaccionan de la misma manera? ¿Por qué algunas personas parecen especialmente sensibles a la exclusión, mientras otras logran regular mejor su impacto?
Los estudios desarrollados a partir de 2012 desplazaron el foco desde el evento puntual de exclusión hacia la historia relacional del individuo. La respuesta cerebral a la exclusión social no era igual para todos. Podía verse influida por variables como la autoestima, el estilo de apego, la sensibilidad al rechazo y las experiencias previas de exclusión. Personas con apego inseguro, baja autoestima o trayectorias relacionales marcadas por el rechazo, mostraban respuestas cerebrales más intensas ante la exclusión.
El sistema de alerta social se vuelve más reactivo y anticipatorio según la experiencia. En paralelo, regiones prefrontales asociadas a la regulación emocional pueden aminorar —o no— el impacto del dolor social. El cerebro social no solo detecta el rechazo: aprende de él. Aquí emerge una idea clave para la salud mental: El dolor social no es solo una reacción momentánea, es un proceso complejo que moldea nuestras expectativas, y podría determinar nuestros vínculos futuros y bienestar psicológico. La exclusión repetida deja huellas inscritas en la experiencia subjetiva.
Exclusión digital: La herida amplificada
En el mundo actual, estas investigaciones adquieren una relevancia particular. Vivimos en entornos donde la pertenencia se juega cada vez más en espacios digitales: mensajes que no reciben respuesta, publicaciones que pasan inadvertidas, grupos virtuales donde alguien deja de ser incluido sin explicación. Formas de exclusión silenciosa, persistente y muchas veces normalizadas.
Desde la perspectiva de Eisenberger, el cerebro no interpreta estos eventos como triviales. La exclusión digital —aunque no implique confrontación directa— activaría los mismos circuitos de alerta que el rechazo presencial. En el mundo digital, este sistema de alarma puede activarse de forma reiterada a lo largo del día. Likes, visualizaciones, silencios y métricas de visibilidad se transforman en señales constantes de inclusión o exclusión. Para niños, adolescentes y adultos que construyen su identidad en estos entornos, el impacto emocional puede resultar clínicamente significativo.
Implicancias para la salud mental
Comprender el dolor social como un fenómeno neurobiológico y evolutivo, tiene implicancias muy relevantes. Permite entender mejor la relación entre experiencias de rechazo y síntomas como ansiedad, depresión, retraimiento social o baja autoestima. En el ámbito educativo, nos obliga a mirar con mayor atención cómo configuramos las dinámicas sociales en entornos académicos, presenciales y digitales. En la vida cotidiana, nos invita a observar con atención la forma en que nos relacionamos. La exclusión puede ser silenciosa, pero el dolor sigue siendo real.
Para la ciberpsicología, este conocimiento resulta especialmente relevante. Las tecnologías no crean el dolor social, pero pueden amplificarlo, hacerlo más frecuente y menos visible. Incorporar estos factores nos puede llevar a una comprensión más profunda del malestar humano. Ignorarlos equivale a subestimar una de las dimensiones más sensibles de la experiencia humana en la era digital.
Cuidar los vínculos es cuidar el cerebro
La obra de Eisenberger y sus colaboradores deja una enseñanza clara: pertenecer no es una necesidad emocional secundaria. Es una condición neuropsicológica fundamental. El dolor del rechazo no es debilidad; es señal. Una señal que merece ser escuchada y comprendida.
En tiempos de alta conectividad, promover el bienestar digital implica también cuidar los vínculos. Reconocer que cada interacción —y cada omisión— deja huella en el cerebro, la mente y la emociones. Tal vez el desafío de nuestra época es solo estar conectados, sino aprender a habitar los espacios digitales con mayor conciencia social.
Porque cuando somos excluidos o quedamos fuera, no es solo una emoción la que duele: es el cerebro el que se alerta para proteger algo esencial: el vínculo.
Referencias
Eisenberger, N. I., Lieberman, M. D., & Williams, K. D. (2003).
Does rejection hurt? An fMRI study of social exclusion. Science, 302(5643), 290–292.
https://doi.org/10.1126/science.1089134
Eisenberger, N. I. (2012).
The neural bases of social pain: Evidence for shared representations with physical pain. Psychosomatic Medicine, 74(2), 126–135.

